Hay días en los que la vida parece completamente predecible. Nos levantamos, trabajamos, estudiamos, hacemos planes, discutimos, nos preocupamos por cosas pequeñas y continuamos con las rutinas como si el mundo estuviera bajo nuestro control. Pero basta con que la tierra tiemble durante unos segundos para recordar una verdad que solemos olvidar: somos profundamente frágiles.
Un terremoto tiene esa capacidad de interrumpir la normalidad y mostrarnos, de manera casi brutal, que muchas de las certezas sobre las que construimos nuestra existencia pueden desaparecer momentáneamente. El suelo que creemos firme deja de serlo. Las paredes que consideramos seguras se mueven. El tiempo parece detenerse y, durante unos segundos, dejamos de pensar en el trabajo, en las discusiones políticas, en las preocupaciones económicas o en aquello que ayer parecía tan importante.
Solo queremos saber que los nuestros están bien.
Y quizá ahí exista una de las lecciones más profundas de estos acontecimientos: cuando la vida se pone en riesgo, descubrimos rápidamente quiénes somos y cuánto necesitamos de los demás.
Vivimos en sociedades que han convertido el individualismo en una especie de virtud. Nos enseñaron a competir, a conseguir nuestros propios objetivos, a resolver nuestros problemas y a construir una vida independiente. Muchas veces creemos que necesitar al otro es una debilidad. Que debemos poder hacerlo todo solos. Que nuestra vida es exclusivamente nuestra responsabilidad.
Pero la tierra tiembla y esa ilusión desaparece.
De repente necesitamos al vecino, al familiar, al desconocido, al médico, al bombero, al profesor, al trabajador que ayuda a restablecer los servicios, a quien comparte información, a quien simplemente pregunta: "¿Estás bien?". Descubrimos que la existencia humana nunca ha sido verdaderamente individual. Somos seres profundamente interdependientes.
El filósofo Emmanuel Levinas construyó buena parte de su pensamiento alrededor de la responsabilidad frente al otro. Para Levinas, el otro no es simplemente alguien que está frente a nosotros; su existencia nos interpela y nos hace responsables. Tal vez una emergencia nos permita comprender esa idea de una manera mucho más sencilla: cuando alguien necesita ayuda, su necesidad deja de ser únicamente suya. Se convierte también en nuestra preocupación. Y esto debería hacernos pensar más allá del terremoto.
No deberíamos necesitar una tragedia para recordar que vivimos juntos. No deberíamos necesitar sentir miedo para preguntar cómo está nuestro vecino. No deberíamos necesitar ver destrucción para entender que la solidaridad importa.
El terremoto nos recuerda que la vida puede cambiar en cuestión de segundos. Pero también nos recuerda que nuestra capacidad para acompañarnos puede cambiarlo todo.
A veces creemos que ayudar significa hacer grandes cosas. Pensamos que necesitamos dinero, recursos o conocimientos extraordinarios. Pero muchas veces, ayudar empieza con algo mucho más sencillo: estar presentes. Preguntar. Escuchar. Compartir información responsable. Acompañar. Ofrecer una mano. No dejar solo a quien tiene miedo.
La comunidad comienza precisamente ahí.
En una época en la que las redes sociales pueden convertirnos en espectadores permanentes de la vida de los demás, necesitamos recuperar la capacidad de encontrarnos realmente con ellos. No solamente mirar lo que ocurre, sino involucrarnos. No solamente expresar preocupación, sino convertirla en acción, porque la fragilidad no debería producir únicamente miedo, también puede producir empatía.
Cuando comprendemos que cualquiera puede necesitar ayuda en cualquier momento, dejamos de mirar al otro como alguien completamente ajeno. Entendemos que las circunstancias pueden cambiar rápidamente y que nadie tiene garantizada la estabilidad absoluta. Hoy puede necesitar ayuda otra persona, mañana podemos necesitarla nosotros.
Quizá por eso los terremotos tienen una dimensión que va mucho más allá de la geología. Nos recuerdan que somos pequeños, que no controlamos completamente nuestra existencia y que necesitamos construir vínculos capaces de sostenernos cuando las certezas se derrumban.
La tierra puede volver a quedarse quieta. Pero ojalá nosotros no olvidemos lo que sentimos mientras temblaba. Ojalá recordemos que detrás de cada puerta hay alguien que también tiene miedo, sueños, familia, preocupaciones y una vida que proteger.
Ojalá entendamos que nadie se salva completamente solo. Y, sobre todo, ojalá que cuando vuelva la normalidad no volvamos a olvidar al otro.
*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.