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“Soy un coleccionista de palabras”: confesiones de Andrés Calle, un profesor pensionado

Historia Andrés

Manizales, viernes 8 de mayo de 2026. En el “Café de la Sabiduría”, un espacio creado para reencontrarnos con las historias de los pensionados de la Universidad de Manizales y conocer cómo transcurren hoy sus días, hay conversaciones que quedan resonando mucho después de terminar el café. Así ocurre con Andrés Calle Noreña, profesor pensionado de la institución: un hombre que habla de la enseñanza no como una profesión, sino como una forma de vivir. 

Desde niño supo que quería ser maestro. Mientras otros jugaban, él reunía a hermanos, vecinos y compañeros para improvisar clases. Tenía apenas nueve años cuando montó una pequeña escuela en cuarto de primaria. Tal vez el destino ya estaba escrito desde mucho antes, en la historia de su abuela, maestra rural a comienzos del siglo pasado: la mujer que sembró en él una admiración profunda por quienes enseñan. 

“Yo nunca cerraba la oficina”, dice hoy, al recordar sus 26 años en la UManizales, de donde se pensionó en octubre de 2023. Y no exagera: para Andrés, una canción, un artículo de prensa, una conversación o un concierto siempre terminaban convertidos en material para una clase. Ser profesor era pensar constantemente en los estudiantes, incluso los domingos o durante las vacaciones. 

Su historia, sin embargo, no fue sencilla. Antes de llegar a la institución atravesó años difíciles, largos periodos de desempleo y sueños que cambiaron de rumbo. Quiso viajar por el mundo, imaginó otros caminos profesionales, “pero la vida”, como él mismo dice, le cambió las reglas del juego. Entonces entendió que su lugar estaba en las aulas. 

Llegó a la Universidad de Manizales a los 35 años, “curado de espanto”, creyendo que todo podía acabarse en cualquier momento. Pero encontró algo inesperado: un equipo humano, colegas entrañables y un espacio donde pudo crecer como maestro y como persona. 

Quienes fueron sus estudiantes recuerdan los tableros llenos de palabras, etimologías y frases memorables, porque este profesor no solo enseñaba comunicación y humanidades: enseñaba a mirar el lenguaje con asombro. Todavía hoy guarda palabras en frascos de papel, subraya libros con regla y lápiz fino, y se emociona al descubrir raíces griegas o latinas. “Soy coleccionista de palabras”, dice, con una sonrisa tranquila. 

Habla de sus antiguos estudiantes con un gran orgullo. Nunca los llamó “alumnos”; prefería decirles estudiantes, compañeros de aprendizaje; muchos hoy son profesores, escritores e investigadores, y él los admira profundamente. “Uno tiene que ser humilde, siempre habrá otros mejores que uno”, repite. 

Quizá por eso aún recuerda los nervios de la primera clase de cada semestre. Después de 26 años, entrar a un salón seguía provocándole miedo. Pensaba en esos jóvenes que llegaban por primera vez a la universidad y se preguntaba qué palabra podría quedarse con ellos para toda la vida. 

Hoy sus días transcurren más despacio: lee, escribe, cocina pan artesanal, siembra árboles y sueña con estudiar panadería formalmente. Disfruta caminar, escuchar música, visitar jardines botánicos y perderse entre libros. Después de tantos años rodeado de estudiantes y reuniones interminables, aprendió también el valor del silencio. 

Pero hay algo que no cambió: sigue siendo profesor. Lo es cuando conversa, cuando recomienda un libro, cuando explica el origen de una palabra o cuando habla de ecología, literatura y humanidades con la misma pasión de siempre, porque hay profesores que se pensionan de una institución, pero jamás de su vocación. 

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