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Opinión - Sea usted un “mal estudiante”* - Jonathan Posada

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En la educación superior contemporánea se ha instalado, casi sin resistencia, una idea peligrosa: estudiar es prepararse para el trabajo. Bajo esa lógica, la universidad deja de ser un espacio de pensamiento para convertirse en una fábrica de competencias; el estudiante, en un futuro empleado; y el conocimiento, en una herramienta utilitaria cuyo valor se mide por su rentabilidad. En ese escenario, el “buen estudiante” es quien memoriza, repite, cumple y se adapta. El “mal estudiante”, en cambio, es el que incomoda.

Pero tal vez haya que invertir la pregunta: ¿y si el verdadero sentido de la educación superior no fuera producir buenos empleados, sino formar malos estudiantes? Es decir, sujetos capaces de pensar por sí mismos, de dudar de lo dado, de interrumpir la lógica de la repetición.

Desde Immanuel Kant, la educación y la ilustración han estado ligadas a la capacidad de “atreverse a saber” (sapere aude). Pensar no es acumular información, sino ejercer la autonomía del juicio. Sin embargo, buena parte de la educación superior actual parece orientada en sentido contrario: no se enseña a pensar, sino a responder correctamente dentro de marcos previamente establecidos. El estudiante aprende a no equivocarse, pero no necesariamente a cuestionar.

Este modelo tiene consecuencias profundas. La memorización acrítica y la repetición constante generan profesionales técnicamente competentes, pero intelectualmente dependientes. Se forma así una subjetividad que necesita instrucciones, que teme el error y que evita la incertidumbre. Sin embargo, el pensamiento auténtico nace precisamente de la incomodidad, de la duda, del no saber.

Aquí es donde la figura del “mal estudiante” adquiere valor. No se trata de quien descuida sus responsabilidades, sino de quien no se conforma con lo evidente. Es el que pregunta más de lo necesario, el que pone en tensión los contenidos, el que sospecha de las verdades cerradas. Es, en términos de Michel Foucault, quien resiste a los dispositivos de saber-poder que buscan producir sujetos dóciles y previsibles.

La universidad, en su sentido más profundo, debería ser un espacio de desobediencia intelectual. No una anarquía sin método, sino una formación que habilite la crítica rigurosa. Pensar críticamente no es oponerse por sistema, sino evaluar, argumentar, problematizar. Es reconocer que todo conocimiento está situado, que toda verdad es discutible y que toda autoridad puede ser interrogada.

Sin embargo, el giro hacia la empleabilidad ha ido reduciendo ese horizonte. Se privilegian habilidades prácticas, se estandarizan contenidos, se evalúa la repetición eficiente. El tiempo para la reflexión se acorta, el espacio para el error se castiga y la creatividad se instrumentaliza. En ese contexto, ser un “buen estudiante” es, muchas veces, aprender a no pensar demasiado.

Pero una sociedad que forma sujetos que no piensan es una sociedad vulnerable. Sin pensamiento crítico, la democracia se debilita, la manipulación se facilita y las decisiones colectivas se empobrecen. La educación superior no puede renunciar a su dimensión formativa en nombre de la productividad.

Reivindicar al “mal estudiante” es, en el fondo, defender la libertad. La libertad de pensar sin miedo, de disentir sin ser penalizado, de construir conocimiento más allá de la repetición. No se trata de rechazar el mundo laboral, sino de evitar que este absorba por completo el sentido de la educación.

Quizás el verdadero fracaso educativo no sea el del estudiante que cuestiona, sino el del sistema que deja de hacerlo. Porque formar profesionales sin pensamiento crítico puede ser eficiente, pero formar sujetos libres sigue siendo, todavía, una de las tareas más urgentes de la universidad.

Y para eso, tal vez, necesitamos más “malos estudiantes”.

 

*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.

 

 

 

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