¿Qué tienen en común Colombia, Malasia, Brasil, Indonesia, Ecuador, Tailandia, Honduras, Uganda y Tanzania? Evidencia empírica reciente, publicada en World Development, la revista científica de mayor reconocimiento global en estudios del desarrollo demuestra que estos nueve países han cruzado un umbral crítico: han adoptado un modelo de producción agrícola tan intensivo y dependiente de la exportación de materias primas que están generando agotamiento de sus recursos naturales, fenómeno que científicos denominan agroextractivismo.
El término no es una curiosidad académica. Detrás de él hay consecuencias concretas: los bosques desaparecen para dar paso a monocultivos de soya, palma aceitera o caña de azúcar; comunidades rurales desplazadas; suelos que se degradan; y una economía que, paradójicamente, se vuelve más frágil al depender de unos pocos productos básicos cuyos precios se deciden en los mercados internacionales. Hasta ahora no se había logrado medir este fenómeno a escala mundial ni predecir qué factores empujan a un país a caer en dicha trampa. Un equipo de investigadores colombianos desarrollamos por primera vez un índice que permite clasificar naciones y trazar sus trayectorias. Los resultados, que acaban de hacerse públicos, ofrecen lecciones valiosas para gobiernos, agricultores y ciudadanos.
¿De qué hablamos cuando decimos agroextractivismo?
No es lo mismo cultivar para alimentar a la propia población que hacerlo para abastecer mercados internacionales con enormes volúmenes de un solo producto. El agroextractivismo combina tres ingredientes:
- Monocultivos a gran escala (soya, palma, aguacate, caña, banano).
- Uso masivo de insumos industriales (fertilizantes, plaguicidas, semillas modificadas).
- Destino casi exclusivo a la exportación, con escaso procesamiento local.
El resultado es una dinámica productiva basada en el deterioro de la naturaleza, que afecta la tierra, el agua y la biodiversidad, y se traduce en empleo estacional e informal, ganancias concentradas en pocas manos y una huella ambiental que, tarde o temprano, pasa factura a la sociedad en términos de su dotación de recursos para un uso sostenible. El estudio distingue entre extracción, algo que toda sociedad hace, y extractivismo, un fenómeno que se convierte en monopolización de la explotación productiva de los territorios y generador de desigualdades persistentes. No es agricultura familiar ni campesina; es agricultura de enclave, en muchos casos, con respaldo estatal y corporativo.
Un índice para medir lo que antes solo se describía
Hasta este trabajo, el agroextractivismo se analizaba principalmente con estudios de caso y relatos cualitativos. Importantes, pero con poca capacidad para la generalización y comparabilidad internacional. Los investigadores construyeron un índice que combina tres dimensiones:
- Presión agrícola: cuánta tierra se dedica al agro, cuánto pesa el sector en la economía y cuánto se exporta en materias primas.
- Agotamiento de recursos naturales: pérdida de bosques, suelo y agua por actividades extractivas.
- Cobertura forestal: a mayor bosque, mayor vulnerabilidad a ser reemplazado.
El umbral de 0,4 separa a los países agroextractivistas del resto. Un valor alto no es un juicio moral, sino una alerta técnica: el modelo extractivo domina el paisaje y la economía. Tras analizar 23 países de todos los continentes entre 2001 y 2021, el resultado es claro: nueve superan ese umbral. La radiografía mundial revela diferencias regionales marcadas:
- Asia presenta los niveles más altos de agroextractivismo. Malasia encabeza la lista mundial, seguida de Indonesia y Tailandia.
- América Latina le sigue de cerca: Brasil, Colombia y Ecuador muestran índices elevados.
- África es mixta: Tanzania, alta, Túnez, baja.
- Europa registra los valores más bajos. Alemania, Italia, Francia y Polonia están muy por debajo del umbral.
Un dato sorprendente es que algunos países de ingreso medio, como Brasil, Malasia o Colombia, son los más agroextractivistas, no los más pobres ni los más ricos. Esto sugiere que el modelo puede estar actuando como una trampa de desarrollo: cuando un país alcanza cierto nivel de integración comercial, especializarse en la explotación y exportación de materias primas parece una vía para sostener el crecimiento económico de corto plazo, pero a largo plazo lo vuelve vulnerable. Dado lo anterior, surge la siguiente pregunta: ¿qué empuja a un país al agroextractivismo? y, ¿qué lo frena?
Los autores responden con algunos factores esenciales:
Factor 1: el tamaño del gobierno importa
Un Estado grande, con gasto público, aumenta la probabilidad de agroextractivismo en un 13%. ¿Por qué? Porque los gobiernos necesitan financiarse, y los recursos extractivos (impuestos a la soya, regalías por minería, etc.) son una fuente garantizada de ingresos. Sin regulaciones ambientales fuertes, el Estado se convierte en socio del modelo extractivista.
Factor 2: libertad económica con regulación
Algo sorprendente: cuando el tamaño del gobierno se combina con libertades económicas bien reguladas (protección de derechos, sistema judicial independiente), la probabilidad cae más de un 2%. No es la libertad económica en sí misma la que frena el extractivismo, sino la libertad dentro de un marco regulatorio sólido. Ni Estado todopoderoso ni mercado sin reglas.
Factor 3: la inversión extranjera en agricultura no es negativa
Cada unidad adicional de inversión extranjera directa, IED, en el campo reduce ligeramente la probabilidad de agroextractivismo. Es decir, la IED moderna tiende a diversificar las economías, no a convertirlas en monocultivos. Esto contradice la intuición de que toda inversión externa es extractiva.
Factor 4: abrir el comercio ayuda a diversificar
Los países con mayor apertura comercial (más importaciones y exportaciones respecto a su PIB) muestran menor probabilidad de agroextractivismo, porque el intercambio fomenta la especialización en múltiples sectores. Pero debe tenerse cuidado con esta conclusión: cuando la apertura se combina con alta libertad económica sin regulación ambiental, el efecto se revierte y la probabilidad aumenta. El libre comercio necesita reglas basadas en sostenibilidad.
Factor 5: la democracia
Las estructuras democráticas tienen una probabilidad ligeramente mayor de caer en el agroextractivismo. ¿La razón? Los gobiernos democráticos enfrentan presiones electorales para generar empleo e ingresos rápidos, y la explotación agrícola intensiva parece una solución garantizada. Sin embargo, cuando la democracia va acompañada de alto desarrollo humano (educación, salud, ingresos dignos), la probabilidad se reduce. Las democracias consolidadas y con ciudadanía formada logran escapar de la maldición extractiva.
Factor 6: libertad económica sin controles ambientales
En el índice general de libertad económica, cuando se excluyen el tamaño del gobierno y la apertura comercial, aumenta la probabilidad de agroextractivismo. En ausencia de regulación ambiental, la libertad para emprender se convierte en libertad para extraer sin límites.
Lecciones prácticas y de política
Este estudio no es un simple ranking. Sus conclusiones ofrecen herramientas concretas para la toma de decisiones:
- Regular no es enemigo del comercio. La apertura internacional necesita marcos ambientales y laborales robustos. Las zonas francas agroexportadoras sin controles son caldo de cultivo para el extractivismo.
- Fortalecer democracia y desarrollo humano juntos. Invertir en educación, salud y capacidad estatal no es solo política social, es la mejor barrera contra el extractivismo.
- Revisar los incentivos a la inversión extranjera. No toda IED es dañina; hay que priorizar la que diversifica y agrega valor, no la que profundiza monocultivos.
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Cuidado con el Estado grande no regulado. El Estado puede ser promotor o mitigador. Las políticas de fomento agrícola deben incluir salvaguardas ambientales explícitas y monitoreo participativo.
Durante años, el agroextractivismo fue una discusión de especialistas. Ahora tenemos números y probabilidades. Y esos números dicen que nueve países ya cruzaron un umbral que los hace altamente dependientes de un modelo insostenible. Otros tantos están en riesgo. La buena noticia es que los factores que empujan al extractivismo no son inmutables. La democracia con desarrollo humano, la regulación ambiental, la inversión extranjera bien dirigida y la apertura comercial con reglas pueden frenar la máquina extractiva. La pregunta ya no es si un país es agroextractivista o no. La pregunta es hacia dónde se mueve y, sobre todo, qué estamos dispuestos a hacer para cambiar el rumbo.
*Las opiniones expresadas en este espacio no comprometen el pensamiento institucional.
Referencias
Este artículo se basa en los hallazgos de una investigación internacional ya publicada. Los datos y análisis aquí resumidos se consultan en:
Suárez, A., & Cardona-Arenas, C. D. (2026). Worldwide agroextractivism: a probabilistic approach. World Development, 203, 107394. https://doi.org/10.1016/j.worlddev.2026.107394